Mazo de descartes

Decisiones, malas decisiones

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Me encontraba sentado en el suelo, la espalda apoyada en una piedra, el cielo sobre mi cabeza oscurecía por momentos, era cuestión de minutos que comenzara a llover. El campo de mi alrededor, yermo y desolado, plantado de cuerpos, teñido de rojo por la sangre de los que habían padecido, los que aún se aferraban a la vida con sus llantos y lamentos. La atmósfera era atroz, digna del final de una batalla.

Tenía frío, no encontraba consuelo, bajé la mirada a mis manos, efectivamente, estaban llenas de sangre, de mi sangre. Al levantarlas pude comprobar que la herida de mi vientre era tan grave como pensaba, no tenía otra opción que esperar la llegada de mi muerte. Los pensamientos inundaban mi mente, los recuerdos de toda mi vida venían claramente, no he sido el mejor hombre, simplemente he cumplido con los destinos que me han tocado vivir.

“… Llevaba todo el día lloviendo, estábamos calados hasta los huesos y el frío hacía que la espera fuera algo aún más horrible. Todo el mundo piensa que la guerra es algo trepidante, pero es muy aburrida, marchando y esperando el momento de luchar y, deseando salir vivo de ello. Sí, me encontraba esperando junto al fuego, junto a uno de nuestros mandos. Charlábamos para intentar romper la monotonía de la inactividad, las conversaciones no llevaban a nada, pero poco más podíamos hacer.

–Thula, ¿cuando vuelvas a casa piensas colgar la espada definitivamente? Yo no se hacer nada más, pero tú parece que tienes otras opciones de futuro.

–No lo sé, no veo el momento de volver –ciertamente no tenía claro nada, cada día que pasaba me sentía más lejos de mi hogar.

Me miró a los ojos fijamente, con la cara contraída por lo que pasase en ese momento por su mente. Se mordió los labios, escupió a un lado, miró durante unos segundos sus manos y muy serio me dijo:

–Thula, ten valor para tomar decisiones durante la batalla, aunque en ello vaya tu propia vida. Sobrevive, pero más importante, haz que sobrevivan tus hombres. Mañana, cuando marchemos contra la ciudad, quiero que dirijas el centro de mis tropas, tendrás que dar apoyo al conde Windterverg.

Me quedé callado, no podía articular palabra, estaría en la parte más dura de la batalla y para colmo dando órdenes. Toda la vida había cultivado la tierra y luchado a las órdenes de otros, pero jamás las había dado. Solo fuí capaz de articular una palabra, gracias.

Esa noche fue la más larga de mi vida, no pegué ojo. El pensar que otros podían morir por mis decisiones no es algo fácil de digerir. Una cosa es morir por lo que uno ha de hacer, otra distinta es pedir a tus amigos, a tus compañeros, a otros que mueran por lo que tu les dices que hagan.”

Autor: Adokin

Con una buena cerveza, buena comida y una mejor compañía se puede hacer de todo, incluso un blog.

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