Mazo de descartes

Inocencia

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Me encontraba sentado en el suelo, la espalda apoyada en una piedra, el cielo sobre mi cabeza oscurecía por momentos, era cuestión de minutos que comenzara a llover. El campo de mi alrededor, yermo y desolado, plantado de cuerpos, teñido de rojo por la sangre de los que habían padecido, los que aún se aferraban a la vida con sus llantos y lamentos. La atmósfera era atroz, digna del final de una batalla.

Tenía frío, no encontraba consuelo, bajé la mirada a mis manos, efectivamente, estaban llenas de sangre, de mi sangre. Al levantarlas pude comprobar que la herida de mi vientre era tan grave como pensaba, no tenía otra opción que esperar la llegada de mi muerte. Los pensamientos inundaban mi mente, los recuerdos de toda mi vida venían claramente, no he sido el mejor hombre, simplemente he cumplido con los destinos que me han tocado vivir.

“… era la primera vez que se me permitía ir con los guerreros; era la primera vez que podría participar en la lucha; era la primera vez que nadie se reía de mí al portar la vieja espada de mi padre. Salimos del valle dirección sur, siguiendo el curso del río. Estaba emocionado, no podía dejar de pensar en los muchos, gigantescos y magníficos tesoros que traería a mi vuelta. Sería la envidia de todos los que se habían reído tantas veces de mí. Maldita inocencia de un crío…

Caminamos junto al río durante unos cinco días. Según descendíamos el cauce, los bosques se hacían más numerosos e importantes, la tierra era más fértil y la temperatura mucho más agradable para las cosechas. Me encantaba sentirme uno más del grupo, aunque tuviera que ir a por leña para todos y realizar las peores guardias durante la noche. Era maravilloso escuchar las historias que se contaban junto a la hoguera, las leyendas que tantas veces había oído, pero con un sabor especial, el de la bravuconada de los guerreros curtidos. Sí, guardo un cálido recuerdo de esas noches, posiblemente de las mejores de mi vida.
El sexto día todo cambió, el río se abría en un pequeño lago, el bosque era mucho menos espeso y los campos de cultivo aparecieron ante nuestros ojos. Teníamos las primeras muestras de civilización, la primera granja… estaríamos cerca un gran pueblo que poder asaltar. Mis compañeros comenzaron a dejar en el suelo todos sus bultos, mantas y bolsas; todo menos las armas. Poco a poco avanzábamos hacia la granja, lo más silenciosos posibles, parecía que fuésemos a asaltar una guarnición llena de soldados en medio de la noche. Yo iba al final, en retaguardia, para aprender sin entorpecer.

Cuando levanté la vista únicamente pude ver un montón de tablas volando, alguien había roto la débil puerta de una patada, la oscuridad del interior de la vivienda se llenó de gritos. Hartrong me indicó que le siguiera, el establo era nuestro objetivo. Entramos con el mayor cuidado posible para no asustar a los animales, era un lugar pequeño, oscuro y parecía vacío. No entendía qué podíamos buscar en aquel lugar.

No sé de dónde apareció, solo sé que escuché una voz a mi espalda, una voz aguda e infantil que preguntaba algo que no llegué a entender. Quizás fueran los nervios, quizás fuera la tensión del momento o simplemente la inexperiencia, pero me di la vuelta y con todas mis ganas lancé la espada hacia aquella voz. Lo que vi a continuación fue unos ojos llenos de sorpresa, una cara marcada por el dolor y la confusión de no saber que estaba ocurriendo. Vi por primera vez como se escapa una vida, la vida de un inocente, la primera vida que quitaba.

Tras aquella campaña siguieron otras muchas, tras aquella vida sesgada otras muchas más, no todas inocentes, pero vidas al final. El tiempo me enseñó que las riquezas no existen, el grano alimenta el estómago y que la muerte es una dama injusta con la que aprendes a convivir. Jamás he podido olvidar aquellos ojos apagándose.”

Autor: Adokin

Con una buena cerveza, buena comida y una mejor compañía se puede hacer de todo, incluso un blog.

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