Mazo de descartes

La leyenda de Leuciana

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Había una vez una minúscula mota de vida, una semilla tan liviana que recorrió centenares de kilómetros viajando a través de las turbulencias del cielo. Su madre, una belleza entre los álamos del mundo, la vio marchar rumbo a otras tierras lejanas y entre lágrimas logró decirle estas palabras:

– Ve Leuciana. No tengas miedo. Aprenderás a lo largo del camino los secretos del mundo, de la naturaleza. No me olvides nunca, hija mía.

Días después de tan triste despedida, el pícaro viento del Oeste rugía con fuerza en los últimos días de primavera. Leuciana cabalgaba sobre su lomo sobrevolando el Atlántico, cuando una mañana desde su vista privilegiada de pájaro divisó un hermoso lugar, un valle rodeado por el monte donde dos ríos se enlazaban.

El bravo sonido del agua acudía a sus oídos y el estruendo de las hojas de los árboles bamboleados por la furia del vendaval la hipnotizó, atrayéndola hacia aquel remanso. Después de mucho esfuerzo Leuciana logró posarse sobre un minúsculo grano de tierra sobre una isla en medio del mar de ríos. El lugar parecía algo solitario pero entre el estruendo del viento pudo distinguir el sonido de cientos de aves que pasaban por allí y que la acompañaban. En aquel momento lo decidió. Allí echaría sus raíces, crecería y daría comienzo su historia.

Érase una vez, cientos de años después, un río al que llamaban Guadiana y flotando en él una isla perdida en el desierto de agua. Sobre la isla había un bosque y en su interior un círculo de álamos en cuyo centro se hallaba el más bello, el más anciano.

Una noche oscura, gélida de invierno una mujer con mirada triste y perdida osó sentarse sobre las acogedoras raíces de aquel hermoso álamo. Quiso la mala fortuna que la desconocida se pusiera de parto presentándose este difícil y doloroso. Cuando ya se acercaba la hora de la alborada nació una niña, una frágil criatura que yacía en el regazo de su madre, apenas ya con un aliento de vida. En su delirio la mujer alzó la vista hacia el majestuoso árbol que la cobijaba y le suplicó:

– Tú que todo lo ves. Tú que has adquirido la sabiduría del mundo, cuida a mi hija por mi. Dale un nombre.

El alma anciana que habitaba el álamo se apiadó de la parturienta y la recién nacida, susurrando al viento un nombre para la niña.

– Leuciana.

La mujer al escucharlo sonrió y besando a su hija murió.

Desde aquella noche sin luna, Leuciana creció bajo el amparo de la alameda, amamantada por las fieras del bosque y enseñada por la madre naturaleza quien compartió con ella muchos de sus secretos. Los niños de la aldea que allí se asentaba le enseñaron el idioma de los humanos y así entre risas y juegos la pequeña se convirtió en mujer. Su belleza era ostentosa, digna de su madre; de figura robusta y ademán dulce paseaba su melena negra al viento hasta el anochecer. Solía machacar hierbas en el mortero, junto al río, para fabricar con ellas los remedios necesarios para curar a los habitantes de la villa. Pues decían que sabia era su condición y sanadora su profesión.

Una cálida mañana de verano un chiquillo pescaba con su padre a orillas del río. De pronto el niño cayó al agua golpeándose la cabeza contra una roca. El padre profirió en gritos y sollozos pidiendo ayuda, fue entonces cuando Leuciana apareció en el lugar dispuesta a socorrerlo. La joven con mucho cuidado cogió al niño en brazos, la sangre manaba tiñendo de rojo su túnica blanca y se dirigió a la alameda dejándolo reposar sobre las raíces de su madre. Rauda machacó en el mortero varias hierbas para hacer un brebaje que salvase al muchacho. Los golpes de la piedra contra la piedra se escucharon allende los montes como un eco lejano de desesperación. Cuando la medicina estuvo preparada se la dio de beber al chiquillo. Horas de angustia se vieron reflejadas en el rostro del padre, cuando de pronto los ojos del niño volvieron a abrirse azules y vivarachos. El padre acunó a su hijo y después de agradecerle todos sus desvelos a Leuciana, se alejó gritando:

– ¡Lo ha salvado! ¡Es un milagro! ¡Lo ha salvado!

Desde aquel día el mortero de la curandera no halló descanso. Aún hoy sus ecos resuenan en Las Peñuelas transportados más allá por el pícaro viento del Oeste. Son muchos los milagros que se la atribuyen, algunos son ciertos y otros no tanto. Su tumba jamás fue encontrada pero se cuenta que su madre la guarda celosamente sólo apareciendo en primavera, cuando un círculo de campánulas tintinean su nombre allí en la isla, “Leuciana” “Leuciana”.

Luciana, legendario nombre y mágico lugar desde donde oso escribir esta fantástica historia, contemplando las maravillas del universo y el álamo más hermoso del mundo.

 

Autor: Morgana

Crea magia con tus propias manos porque como un sabio dijo un día "la vida es sueño y los sueños, sueños son."

4 Comentarios

  1. Qué preciosidad!!! ¿Quién no se ha imaginado alguna vez lejos de todo y creciendo entre lo salvaje y natural?

  2. La verdad es que la naturaleza es muy sabia y si aprendiésemos a observarla y cuidarla más creceríamos mucho como seres humanos!!

  3. Me ha encantado, la manera en como llevas la historia de inicio a fin es cautivadora.

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