Mazo de descartes

Las brumas del destino

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normal_Aine~0Los rayos del sol parecían ganarle un pulso a la neblina típica del mes de abril, dejando entrever las verdes colinas de la isla esmeralda. Así era como los hombres de la mar llamaban a Irlanda. Si, la vieja isla atlántica donde las antiguas historias de  luz se entremezclan con historias de sombras, en un mundo regido por sus propias leyes y la fortuna que repartían sus dioses. Si, justo allí y en un pequeño poblado, Luam batallaba no solo contra una vida cotidiana que odiaba sino que luchaba contra su propio corazón.

En aquella mañana del mes de abril, la luz entraba por la puerta entreabierta con el fin de ventilar el humo que salía del hogar cuando Luam distraído había encendido la lumbre. Ya rozaba el mediodía y aún la bruma gris no se había disipado del interior de su casa. Cada poco tiempo debía avivar el fuego que parecía no querer arder. Como una ironía, una corriente cálida llegaba desde el hueco de la puerta anunciando un día primaveral. Totalmente frustrado, se retiró del fuego y se sentó junto a una mesa de madera donde reposaba una jarra con aguamiel que su mujer había preparado.

Luam se llevó sus manos callosas de herrero a la cabeza y se estiró los rizos oscuros que poblaban su larga cabellera. Llevaba toda la mañana inquieto, sin poder respirar. Un rostro hermoso y triste aparecía sin cesar en su mente. Pensaba en ella constantemente y en que estaría haciendo en aquel preciso momento. Pensaba en que en poco tiempo la podría perder para siempre y no se le ocurría nada para impedirlo. ¡Maldito el destino y sus hilos que lo ataban allí! ¡Quería volar, disiparse con el espeso humo gris que invadía la estancia y acariciar la soñada tez pálida! Aquel rostro que como un castigo se aparecía dibujado por los finos y caprichosos hilos de humo.

– ¡Hermosa mañana, amor!

El sonido de la puerta y de la voz de Lía, su mujer, le sacaron de su embeleso. La luz de pronto se volvió más intensa aumentando su irritación.

La mujer entró en la estancia con una sonrisa triunfal que iluminaba su cara llena de pecas. Luam no se molestó en contestar. Lía enseguida advirtió que el humor de su hombre todavía permanecía inmerso en el más oscuro de los inviernos. Se encontraba excitada pues Ana, una prima de Luam, les visitaría a la hora de comer para después partir a la isla sagrada de Ona donde se ordenaría como sacerdotisa. Le había guardado el secreto a su esposo pues quería darle esa sorpresa, confiaba en que aquello le sacara de su aguda melancolía. Rápida cogió de la estantería cercana el caldero de bronce dispuesta a cocinar un estupendo asado, pero las llamas no eran lo suficientemente altas y pasaría un buen rato hasta que estuviera listo.

Fue entonces cuando, aquella joven robusta y de mediana estatura con los cabellos rojos como las ascuas que no querían prender, lanzó una mirada iracunda al hombre allí sentado que se pasaba la vida contemplando la bruma de la colina, pensando en la nada  y bebiendo aguamiel.

– ¡Ni siquiera eres capaz de hacer un fuego como los dioses mandan! ¡En que piensas todo el día! Ya que como marido no me haces sentir amada, al menos enciende este dichoso fuego que caliente nuestro hogar!- Estalló Lia, saliendo deprisa de la estancia.

Luam no tenía fuerzas para discutir. No culpaba a su mujer de aquellos ataques de ira pues sabía que no la estaba haciendo feliz, ya que él tampoco lo era. Su matrimonio había comenzado sin amor por un acuerdo entre clanes por la paz, sin embargo unos pocos meses de convivencia habían bastado para encariñarse con ella. Ella era agraciada, sabiendo despertar en él un deseo que se encargaban de saciar en las últimamente monótonas noches de pasión. Pero la primavera no conseguía calentar aquella casa, ni el lecho en el que dormían.

De una cesta de mimbre sacó varios puñados de rastrojos secos entremezclándolos con la leña ya a medio arder. A continuación vertió un poco de aceite y enseguida las llamas brotaron ávidas de madera. Confió en que esta vez si surtiera efecto o Lía se pondría de nuevo furiosa. Fue ella la que volvió a abrir la puerta y mientras preparaba el asado comenzó a canturrear. Luam sintió que su enojo y desesperación le hacían estar a punto de estallar. Parecíera como si la isla entera se burlara de su dolor; la luz primaveral, el canto de su mujer incluso el fuego que iluminaba muy sutil la estancia. Bebió otro trago de aguamiel.

De pronto alguien interrumpió tan agrios pensamientos proyectando su sombra sobre el suelo. Lia se giró corriendo para abrazar a la joven que saludaba en la puerta.

– ¡Ana! ¡Qué alegría verte! ¡Estas tan bella! Cuéntanos sobre tu estancia en las cortes de los reyes. Tantas aventuras que habrás vivido.

Lía no paraba de hablar visiblemente emocionada.

Luam se levantó despacío y con la respiración agitada. Gotas de sudor resbalaban por su frente. Lía no esperaba tal reacción de su esposo pues creía que se alegraría de ver a Ana. Luam se acercó despacio hacia la joven, enredó una mano entre sus cabellos del color del ambar mientras los acariciaba incrédulo. Un solemne saludo fue lo único que salió de su boca.

– ¿Este saludo frío es lo único que me dedicas primo, después de tantos meses sin vernos?- Protestó Ana, pareciendo realmente herida e intentando controlar la emoción en su voz.

– No sabes cuanto me alegro de verte, pequeña.- Logró decir él- ¡Por los seres del submundo! ¿Qué estás haciendo aquí?

– Esta noche me convertiré en druidesa. Galion me ordenará aquí, en nuestra casa. Al fin parece que mi destino se cumple Luam.- Sentenció Ana mirándole a los ojos con una sombra de tristeza.

Al oir esto Luam sintió una puñalada en el pecho, no podía respirar. Intentando disimular su arrebato cogió la jarra y bebió del aguamiel que quedaba, atragantándose.

La joven se sentó cerca de Lía; de repente comenzó a sentirse asfixiada por el calor del fuego además de por una emoción mucho tiempo contenida. El sol la acariciaba de perfil enrojeciendo su mejilla derecha. Luam pensó que estaba realmente hermosa; pensó que no podría probar bocado alguno de un asado hecho en un fuego que no quería arder.

Entre recuerdos y gestos melancólicos Luam contempló impasible la llegada del anochecer. La luna casi llena asomaba detrás de una pequeña colina y su reflejo amarillento ondeaba en las aguas del río que atravesaba el poblado. En el claro del bosque, junto al gran roble, las antorchas rodeaban el altar donde Galion, el Gran Druida, debía ordenar a las jóvenes novicias que aquel año entrarían al servicio de la diosa. Aquella fiesta era todo un acontecimiento social y a veces asistían incluso invitados de noble cuna.  Lía cogía del brazo a su esposo, quien miraba hipnotizado hacia el roble como quien mira un gran vacío para arrojarse en él. Estaba preocupada pues no era capaz de entender lo que su intuición comenzaba a susurrarla.

Ana lucía soberbia pues vestía una túnica de hilo blanco larga hasta los tobillos, reflejando la luz de luna. Sobre sus hombros caía una larga capa color azul añil enganchada al cuello con el broche de la media luna plateada, símbolo de su orden. Su cabello permanecía recogido mientras que decenas de flores moradas y amarillas salpicaban los mechones ambarinos, incluso los que rebeldes asomaban fuera de la trenza.

Una brisa templada y húmeda trajo el aroma floral típico de estas ceremonias y el humo saliente de las hierbas quemadas como ofrendas a los dioses empapó el ambiente. El momento álgido se acercaba. Luam se sintió desfallecer. No había nada que él pudiera hacer. Todo estaba hilado en el gran telar de la vida y los hilos movidos por el infortunio.

Una tras otra las jóvenes fueron pronunciando los votos. Lía observó la expresión de pánico en los ojos de Ana. ¿Por qué no estaba dichosa si siempre había querido entrar al servicio de la Diosa? Se percató de que sus ojos no se apartaban de los de Luam. Parecían esperar algo, un gesto, un grito, una pizca de emoción pero para alegría de Lía, aquellos ojos callaban contemplando impávidos el acontecer de la ceremonia.

Al fin llegó el momento. Las palabras salieron seguras y llenas de coraje a través de la garganta de Ana; el coraje que produce el resentimiento por ser testigo de tanta cobardía. Pronunció los votos. Galion besó su frente y la abrazó como una hermana más de la orden. El sacrificio se había consumado.

Tambores y flautas acompañaron el final de la ceremonia y los familiares fueron a felicitar a las nuevas sacerdotisas. Lia corrió a abrazar a Ana. Se sentía extrañamente aliviada y muy feliz por ella. Luam estrechó sus finas y pálidas manos con fuerza. Las besó, aspirando el aroma dulce que manaba de su piel. Miró por última vez a los ojos verdes de Ana. En ellos no había ni asomo de lágrimas, ni un ápice de emotividad. Ella apartó rauda las manos y se alejó hacia el grupo de jóvenes. En breves instantes iniciarían su marcha a la isla de Ona, siempre oculta entre las nieblas del océano. No sabía cuando volvería a verla. Luam siguió contemplándola hasta que su silueta fue tragada por la  débil oscuridad que reinaba en el bosque.

Lia le agarró del brazo sugiriéndole el regreso a casa. No había pronunciado palabra en toda la noche, eso la intrigaba. Nada más atravesar las frías paredes de su hogar, cayeron en la cuenta que el fuego se había apagado. Luam se sentó junto a él y se sirvió una jarra de aguamiel.

– Tu prima no parecía el ser más feliz de la isla, amor. Pero la suerte está echada. Ella siempre será lo que debió ser y tu permanecerás conmigo. No hay vuelta atrás.

Aquellas palabras sorprendieron a Luam. No, ella no podía llegar a imaginarse nada. No sabría entenderlo.

Lía contemplo con desazón su rostro mohino y decidió salir a tomar el aire cerrando con estrépito la portezuela de madera, a conciencia de que así lo quería su esposo. Luam permaneció allí, sentado, a oscuras con las manos sobre la cabeza. Al cerrarse la puerta una corriente de aire había terminado de apagar las escasas brasas de una lumbre que jamás ardería. Mejor así. Ahora ya nada podría burlarse de él; ni el fuego, ni la luz, ni la primavera. Solo unos finos hilos de humo gris bailaban en el vacío de la estancia dibujando aquel rostro tan amado. Así permaneció una eternidad, inmerso en un invierno que no parecía llegar a su fin.

Autor: Morgana

Crea magia con tus propias manos porque como un sabio dijo un día "la vida es sueño y los sueños, sueños son."

4 Comentarios

  1. Te he nominado al Premio Liebster Award. Si te apetece seguir la cadena, cuando tengas tiempo, pásate por https://alospiesdelaletra.wordpress.com/2014/12/08/loretta-maio-gracias/

    • Muchas gracias!! Qué ilusión!! Me alegro mucho que disfrutes con los relatos y nuestro blog! Intentaremos no romper la cadena! Gracias otra vez por la nominación y ya sabes que eres bienvenido por aquí! Un abrazo!

  2. Ya había leído este escrito Jana y hoy lo releí por que me parece extraordinario como ambientas y tiñes a los personajes aparte de contar una historia de amor frustrada entre los primos. Un beso grande

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