Mazo de descartes

Paciente Zeta

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-Buenas tardes, hasta la próxima sesión y recuerde: todo irá bien.

-Buenas tardes doctor y muchas gracias por todo.

El paciente se levanta y se va. El doctor se recuesta en su sitio y se pierde en la intrincada psique del señor que se acaba de marchar. Los problemas de la colonia son algo abrumadores a veces. Tras una pequeña meditación resuelve que está listo para el siguiente paciente del día.

-Señorita Dala, ¿quién nos toca ahora?

-Ahora toca el señor Zeta, doctor. Además, parece muy nervioso y deprimido.

El doctor se queda blanco pues Zeta es un paciente muy difícil. Tiene una profunda depresión causada por su trabajo, un trabajo fundamental en su vida y en la vida de los que le rodean y que no puede abandonar por nada del mundo. Si es cierto que podría trasladarse a otro sector pero conociendo su patología sabe que esté donde esté no cambiaría nada en absoluto.

– Hágale pasar dentro de tres minutos, por favor.

Adrián Zero, psicólogo desde hace más de cuatro años, piensa como afrontar la situación. Zeta es un ejemplar muy raro, siempre dubitativo, solitario, asustadizo, no tiene una pizca de valor ni de amor por lo que hace. Vale que la experiencia del mes pasado fue muy dura, extremadamente dura diría él, pero por lo menos no le tocaba defender a su gente de la guerra en la que estaban expuestos. Por lo menos no estaba en el frente viendo morir camaradas de mil formas horribles. Bueno, eso no es cierto. Ya le tocó eso el mes pasado.

Recuerda cuando fue a su consulta por primera vez, dos días después del accidente. Estaba pálido y temblaba. Las piernas no le sostenían y tuvo que echarse cuan largo era sobre la tumbona. Cuando relató lo sucedido lo hizo entre sollozos y gritos de histeria. Estaba con shock postraumático. No era para menos pero los accidentes ocurren. No se puede cerrar uno al mundo por que sucedan cosas inevitables. Tras una charla de dos horas se fue y con una sesión más a los tres días parecía recuperado. No del todo, pero ya casi no temblaba. Como era necesaria su mano en los trabajos que estaban a su cargo le dio el visto bueno y salió de su vida. Hasta hoy.

De repente llaman a la puerta y el doctor piensa en lo rápido que pasan tres minutos hoy en día. Sin más dilación decide afrontar un duro trabajo.

-Adelante, señor Zeta- dice el doctor -. Pase, es usted bienvenido. Tras un momento de indecisión, Zeta se dirige al diván. Se echa y comienza a sollozar de forma incontrolada.

-Cálmese, señor  Zeta. Está a salvo aquí conmigo. Nadie puede hacerle daño en la consulta. Sabe que este lugar está muy bien protegido. A ver, serénese y cuénteme  lo ocurrido desde el principio.

Al poco fue recuperando la compostura y comenzó su relato:

-Pues verá doctor, todo ocurrió hace tres días. Era la segunda vez que salía fuera desde el accidente anterior y estaba un poco nervioso. Le hice caso y sus consejos me sirvieron para mitigar la sensación de angustia que me quemaba por dentro. Sus medicamentos me ayudaron también a dar el paso y tranquilizar mi cuerpo. Apenas sufría convulsiones ya y la agorafobia era una ligera molestia en el fondo de mi cerebro.

Todo iba bien. Mejor dicho iba genial. Ningún problema. El trabajo en el valle se desarrollaba según lo previsto. Y que valle. Era precioso. El bosque en lo alto, imponente en su grandiosidad, contrastaba con la parte inferior, totalmente seca. El suelo, árido, cuarteado, estaba en su mejor momento para excavar. Comenzamos a buen ritmo. Hileras de compañeros  colocados en los distintos niveles trabajando con ahínco. Transportando y almacenando la mercancía. Como una maquina bien engrasada. Siguiendo todas las planificaciones dadas por los ingenieros al pie de la letra. Incluso sin los retrasos típicos debidos al tiempo o cosas de esas.

Y entonces vino la sombra. Me quedé petrificado. Todo volvió a empezar. El terrón se me cayó al suelo y se hizo añicos. No quería mirar pero lo hice. Y lo vi. Vi el agua. No se exactamente de donde llegó pero de repente allí estaba. Comenzó con un rugido atronador que me dejó sordo. Todos nos sentimos aturdidos. Un torrente de agua cayó del cielo casi instantáneamente en la parte mas alejada del valle. Había un poco de tiempo. Así pude reaccionar y al hacerlo, increpé a los que estaban cerca para indicarles que subieran lo mas alto que pudieran. Grité a los capataces para que activaran el protocolo 231 de seguridad ante las lluvias repentinas pero el aviso llegó demasiado tarde. Los compañeros de la parte baja comenzaron a huir presas del pánico subiendo por la ladera intentando escapar del tsunami. Muchos lo consiguieron. Me consuela pensar que mi aviso sirvió para salvar muchas vidas pero la visión de la tragedia me perseguirá siempre.

Muchos otros murieron. Cuando la masa de agua alcanzó a los infelices que quedaban, los arrastró como si no fueran nada. Aplastó sus cuerpos contra las rocas destrozándolos. Arrastró a la mayoría pendiente abajo hasta hacerlos desaparecer. El sonido de sus gritos se fue apagando, poco a poco, en la distancia. Y tal como vino, se fue. Todo había empezado, ocurrido y acabado en unos pocos minutos. Hubo casi cuarenta muertos y el doble de desaparecidos. Por lo menos tuvimos suerte de que fueran tan pocos.

Volví a casa pensando que no era culpa mía. Recordando todo lo que usted me dijo. Repitiéndome que los accidentes ocurren, que el mundo es un lugar hostil para nosotros y que tenemos que ser fuertes y estar unidos, cada uno realizando su función asignada o si no seremos pasto de los enemigos o del  propio entorno.

Todo esto y mil cosas más me repetí una y otra vez durante toda la noche. Una noche en la que apenas pude dormir. Una noche que pasé acurrucado en el suelo reviviendo una y otra vez las imágenes que tenía grabadas en la memoria. Reviviendo el agua y los horrores del accidente anterior. La sombra, la nube…

-Tranquilo.- Dice el doctor cuando ve que su paciente comienza a inquietarse demasiado -.Respire. Tome un poco de agua. Eso le ayudará.

Zeta le hace caso y bebe. Le tiemblan las manos. Adrián ve como hace el esfuerzo para relajarse poco a poco y tras cerrar los ojos y contar hasta cien, continúa su relato:- Gracias doctor. Al día siguiente me dirigí a las oficinas y decidieron que me ocupara del transporte y gestión del material excavado en la meseta del sector siete. Casi cuarenta unidades estándar de medida alejado del accidente del día anterior. Con el ánimo renovado por sus enseñanzas y consejos me dispuse a cumplir diligentemente con mis obligaciones. Todo fue bien al principio, me dedicaba a cargar las piedras en la zona de extracción y a llevarlas a la zona de almacenaje. Era sencillo y fácil. Pero sin previo aviso vino el horror.

En un instante el cielo se oscureció. Otra vez la gran sombra eclipsó los rayos del sol que bañaban la meseta. Todos nos sentimos turbados y miramos hacia el sol y entonces lo vimos. Era algo imposible. Imagine el tronco del árbol mas grande que conozca y multiplíquelo por cien. Ese era su tamaño. En su extremo tenía un artefacto demoníaco con forma de abanico, con cerdas alargadas de metal. Todo ello de un color rojo intenso. Comenzó a acercarse. No presagiaba nada bueno y huimos. Yo me encontraba algo alejado de donde se produjo el primer impacto y pude ver como ese artefacto del infierno chocaba contra el suelo. El temblor resultante fue brutal y caímos al suelo. Vi como algunos eran aplastados por esas cerdas o eran partidos por la mitad por la presión contra el suelo. Fue un espectáculo dantesco.

Empecé a correr. Corrí como no he corrido nunca. En zigzag como manda el protocolo. Corrí todo lo que pude pero no fue suficiente. Un tremendo golpe me derribó y me arrastró como una ola gigante por el suelo. Tuve suerte y sólo fue de refilón. Me dejó atrás y siguió con la destrucción. No vi nada más.

Tras despertarme vi lo que eso había causado. El paisaje había cambiado. Donde antes había una meseta plana perfecta con nuestra autopista, ahora había un terreno irregular de surcos, como si fuera un arado para un huerto siniestro. Eso no era lo peor. Lo peor era lo que parecía que estaba sembrado en él. Lo sembrado en ese huerto eran cadáveres y heridos de congéneres míos. Había cuerpos diseminados por todas partes. Los heridos gritaban y se arrastraban como podían por el campo, intentando escapar de su destino, arrastrando sus miembros amputados. Menos mal que pronto acudieron los sanitarios acompañados por los guerreros. Acordonaron la zona y se ocuparon de los heridos de manera diligente y profesional.

Pero ya no puedo más, doctor. Es demasiado. Hay demasiado mal en este mundo, demasiadas tragedias. Ya no puedo seguir, no puedo, no puedo, yo no…

Zeta se echa a llorar. Sus convulsiones le invaden el cuerpo y se cae al suelo. Con  las manos en la cara solloza y gira el cuerpo en un vano intento de consuelo.

El doctor Zero le mira y tarda un rato en hablarle intentando encontrar las palabras exactas que decir. Es un momento duro para el pobre Zeta pero le tiene que ayudar.

-Tranquilícese Zeta. Ya sabemos que es un asunto difícil de sobrellevar pero el mundo es así. La vida es así. Los accidentes ocurren. Los desastres ocurren. Los monstruos existen y vienen a por nosotros. Los seres gigantes que pueblan el mundo son insensibles a nuestros problemas y a nosotros mismos pero esa es nuestra ventaja. Pasamos desapercibidos para esa gente que sólo va a lo suyo. No nos ven y por eso podemos prosperar. Tenemos que vivir a su sombra y claro, a veces nos pisan, a veces se entrecruzan en nuestro camino y salimos perdiendo. Pero no podemos desfallecer. No nos queda otra cosa que seguir luchando. Seguir este camino que nos lleva a un mundo mejor, una colonia mejor. Si seguimos así llegará un día en que no nos molestaran más y debemos luchar por ello. Tenemos cada una un papel importante que llevar a cabo en los planes de la Reina. Debemos ser fieles en nuestros cometidos para poder escapar de esos hombres gigantes. Debemos hacer lo mandado pues eso es lo que somos. Eso es lo que hacemos. Grano a grano. Paso a paso. Al fin y al cabo, sólo somos hormigas.

Autor: Alfredo

Sólo soy un friki de nivel medio obsesionado con pasármelo bien y, que mejor forma que jugando a juegos de mesa, viajando o relatando las historias que surgen en el rol con tus amigos.

2 Comentarios

  1. ¡Un relato muy bueno! Me ha enganchado y final sorprendente, mis felicitaciones al autor.

  2. Oh yeah! A partir de ahora tendré más cuidado…

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